Cuidado de la madre Parte 1 de 2

Cuando el rol devora a la persona

Cómo servir sin perder tu identidad en Cristo. Un enfoque bíblico para madres, esposas y educadoras que están cansadas de vivir desde lo que hacen y no desde quiénes son en Él.

Por Gabriela Mamá homeschool desde hace casi una década, psicóloga de profesión · 11 secciones · 14 min de lectura

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El problema que pocas nombramos: la derrota del «hacer»

Existe un agotamiento que va más allá del cansancio físico. Es ese «vacío» que sientes cuando, después de un día entero enseñando a tus hijos, cocinando, mediando conflictos, atendiendo a tu esposo, los quehaceres y otros compromisos, te quedas mirando a la nada preguntándote: «¿y yo dónde quedé en todo esto?»… o cuando todo está en orden y, sin embargo, sientes un vacío profundo, no porque no seas suficiente, sino porque te has convertido en todas esas cosas: maestra, mamá, esposa, mediadora, sostén… y en ese proceso, tu propio corazón ha quedado en pausa.

No es que las cosas que haces sean malas. Son buenas. Son nobles. Son tu llamado. Pero de alguna manera, el hacer ha ido devorando lentamente al ser. Y ahora, cuando los niños no responden como esperabas, sientes que tú has fracasado. Cuando la casa está desordenada, sientes que tú eres un desastre. Cuando el plan de estudios no funciona, sientes que tú no sirves para esto.

Algo se ha invertido. Y es hora de volver a ponerlo en orden.

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La raíz del problema: un corazón desordenado

En mi artículo anterior, «Autoestima: La Verdad Bíblica sobre el Amor Propio», hablamos de cómo este concepto moderno ha desviado a muchos hacia un amor propio excesivo. Pero también vimos el otro extremo: el descuido personal disfrazado de espiritualidad, ese «martirio cotidiano» que nos lleva al agotamiento creyendo que eso es ser buenas cristianas.

Ambos extremos tienen la misma raíz: un corazón que ha puesto el foco en sí mismo. En un caso, para engrandecerse. En el otro, para castigarse o para demostrar su valía mediante el sacrificio. Pero en ambos, el «yo» sigue siendo el centro de la ecuación.

El problema de fondo no es que nos amemos poco o nos amemos mucho. El problema es que hemos olvidado nuestra identidad y nuestro valor y lo hemos buscado en el lugar equivocado.

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La confusión más común: mi rol es mi identidad

Como madres homeschoolers, esta confusión es especialmente tentadora. Nuestro rol es tan demandante, estar en todos lados todo el tiempo, que resulta fácil que lo que hacemos se convierta en quienes somos.

El apóstol Pablo nos da la clave para entender esta lucha en Gálatas 2:20: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.»

Nota el orden divino:

  • Primero, Cristo me amó y se entregó por mí (gracia).
  • Segundo, como resultado, ya no vivo yo, sino Cristo en mí (identidad).
  • Tercero, lo que ahora vivo en la carne (mi vida diaria, incluyendo mi labor como madre y educadora), lo vivo en fe (obediencia que fluye de la identidad).

El problema que muchas enfrentamos es que hemos invertido este orden. Hemos puesto el «vivir en la carne» (nuestro desempeño diario) como la base de nuestra identidad, en lugar de entender que nuestra identidad en Cristo es la base desde la cual vivimos.

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La verdad transformadora: en Cristo somos nuevas criaturas

Pablo nos recuerda en 2 Corintios 5:17: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.»

Esta no es una verdad para sentirnos bien; es una realidad espiritual. Antes de que fueras madre, antes de que fueras esposa, antes de que fueras educadora, tú eras (y eres) algo más fundamental.

Efesios 1:3-4 lo dice de manera impresionante: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo.»

Antes de la fundación del mundo. Antes del homeschool. Antes de tus hijos. Antes de tu esposo. Tú existías en la mente de Dios como su hija escogida. Esa es tu identidad primaria, eterna, inamovible.

Tu ser madre es un llamamiento que fluye de esa identidad, pero no es la identidad misma. Y esta distinción no es un juego de palabras; es la diferencia entre la libertad y la esclavitud.

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La base de nuestra identidad: lavados, santificados, justificados

El apóstol Pablo, en 1 Corintios 6:11, nos da una de las declaraciones más gloriosas de toda la Escritura acerca de quiénes somos en Cristo: «Y esto ERAN algunos de ustedes; pero fueron lavados, pero fueron santificados, pero fueron justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.»

Observa tres verdades fundamentales aquí:

Primero: «Esto ERAN». Tiempo pasado. Completamente pasado. Pablo no dice «esto podrían ser si se esfuerzan» ni «esto son todavía». Dice: esto eran. Hubo un momento en sus vidas cuando todo cambió. El pasado, con todos sus fracasos y pecados, ya no los define.

Segundo: «Fueron lavados… santificados… justificados». Cada palabra tiene un peso eterno:

  • Fueron lavados: significa que fueron limpiados de la culpa y la contaminación del pasado. No se lavaron a sí mismos; fueron lavados por la sangre de Cristo.
  • Fueron santificados: significa que fueron apartados, separados para Dios. Esto no es principalmente el proceso de crecer en santidad (aunque eso viene después), sino una declaración de que su posición ante Dios cambió radicalmente. Fueron puestos en la esfera de lo santo.
  • Fueron justificados: es el término legal que declara que fueron pronunciados justos por el tribunal divino. No porque lo merecieran, sino porque la justicia de Cristo les fue imputada.

Y todo esto ocurrió «en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios», una obra completa de la Trinidad: el Hijo como fundamento, el Espíritu como agente aplicador.

Tercero: la distinción entre nuestra posición y nuestra práctica diaria. Es crucial entender que la santificación de la que Pablo habla aquí no es el proceso progresivo de crecimiento en santidad (aunque ese proceso existe). Es la declaración de que fuiste apartado para Dios. Antes de que cambiara tu conducta, cambió tu posición. Antes de que dejaras de hacer lo que hacías mal, Dios te declaró separada para Él.

Esto es fundamental para nuestra identidad: no eres una pecadora tratando de volverte santa. Eres una santa que todavía batalla con tendencias del viejo hombre. La diferencia no es solo de palabras; es una diferencia que transforma toda nuestra vida.

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El peligro silencioso: hacer la obra del Señor sin el Señor de la obra

Hay una pregunta que debemos hacernos con honestidad delante de Dios: ¿cuánto tiempo ha pasado desde que realmente estuve a solas con Él, no para pedirle fuerzas para la jornada, no para revisar la lista de oración por los hijos, no para leer «algo rápido» antes de comenzar el día, sino simplemente para estar con mi Padre?

Hemos caído en un engaño sutil: creer que orar con los hijos en la noche, hacer un devocional familiar o leer un pasaje antes de empezar las clases es suficiente para mantener viva nuestra intimidad con Dios. Y esas cosas son buenas, son necesarias, son parte de nuestro llamado. Pero no pueden reemplazar el encuentro personal, a solas, con el Dios vivo.

La madre homeschooler tiene mil tareas sagradas, y precisamente por eso corre el peligro de descuidar la única cosa necesaria. Marta servía, y su servicio era bueno. Pero Jesús dijo que María había escogido «la buena parte» (Lucas 10:42). ¿Y qué hizo María? Sentarse a los pies de Jesús. Nada más. Nada menos.

Cuando descuidamos nuestra intimidad personal con Dios, cuando dejamos de estudiar la Palabra no solo para enseñar a otros, sino para que ella nos enseñe a nosotras; cuando la oración se vuelve una lista de peticiones en lugar de un encuentro con el Padre; cuando pasamos días, semanas, tal vez meses sin un momento genuino a solas con Él, nuestra identidad comienza a desdibujarse. Y entonces buscamos en el desempeño lo que solo la presencia puede darnos.

No es casualidad que los grandes hombres y mujeres de Dios en la Escritura tuvieran encuentros a solas con Él. Moisés en la zarza, Josué en la tienda de reunión, David en el campo con sus ovejas, Elías en el arroyo, Daniel tres veces al día de rodillas, Jesús mismo «levantándose muy de mañana, aún muy oscuro, y saliendo, se fue a un lugar desierto, y allí oraba» (Marcos 1:35). Si el Hijo de Dios necesitaba ese tiempo a solas con el Padre, ¿cómo podríamos nosotras pensar que podemos sobrevivir sin él?

No se trata de añadir otra tarea a tu lista. Se trata de recordar que no puedes dar lo que no has recibido. No puedes pastorear el corazón de tus hijos si el tuyo no ha sido pastoreado en la presencia del Buen Pastor.

Por eso, antes de cualquier estrategia, antes de cualquier ajuste en tu rutina, antes de cualquier propósito de «descansar más» o «delegar tareas», está esto: vuelve a la Fuente. Vuelve a la Palabra, no como maestra que prepara una clase, sino como hija que necesita escuchar a su Padre. Vuelve a la oración, no como lista de peticiones, sino como el lugar donde tu alma se encuentra con su Creador. Vuelve a la intimidad, porque de ahí brota todo lo demás.

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Lo que esto significa para nuestra lucha diaria

Ahora podemos entender algo liberador: el hecho de que todavía luchemos con el pecado, con nuestras limitaciones, con nuestros fracasos como madres y educadoras, no niega nuestra identidad en Cristo.

El mismo apóstol Pablo, en Romanos 7, describe su propia lucha: «Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago» (v. 19). Pero inmediatamente, en Romanos 8:1, declara: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.»

¿Ves el orden? La lucha es real, pero la condenación ya no existe. Porque nuestra posición ante Dios no depende de cuán bien hayamos educado hoy, sino de que estamos en Cristo Jesús.

Como alguien dijo una vez:

«Tu pasado define lo que fuiste. Cristo define lo que eres. Y lo que eres es infinitamente más real que lo que fuiste. Porque lo que fuiste está bajo la sangre. Lo que eres está sellado por el Espíritu. Y lo que serás está guardado en los cielos.»

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¿Cómo sé si estoy viviendo desde mi rol y no desde mi identidad?

Aquí hay algunas señales de alerta:

  1. Cuando todo se vuelve personal: si tus hijos tienen un mal día académico y tú sientes que tú has fracasado como persona, has fusionado tu ser con tu hacer. Tus hijos tienen días malos porque son pecadores, están en formación, no porque su madre sea un fracaso.
  2. Cuando el descanso produce culpa: si tomarte un tiempo para ti viene acompañado de una voz interior que te acusa de egoísta, has olvidado que tu valor no se demuestra trabajando sin cesar. Colosenses 3:3 dice: «Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.» Tu verdadera vida está segura, no depende de tu productividad.
  3. Cuando no puedes delegar: si sientes que «tú debes hacerlo todo» porque «nadie lo hará como tú», probablemente estás cargando un peso que Dios no te dio. El orgullo sutil de creernos indispensables nos roba la alegría de ver a otros servir y crecer.
  4. Cuando tu paz depende de resultados: si tu estabilidad emocional se tambalea cuando un plan falla, cuando alguien critica tu método o cuando los niños no responden, tu seguridad está puesta en algo que no es Dios.

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El orden bíblico: de la identidad fluye la función

Primero somos, luego hacemos. Primero Dios nos declara justos en Cristo, luego nos llama a vivir en santidad. Primero recibimos una nueva identidad, luego vivimos de acuerdo a ella.

Aplica esto a tu vida diaria:

Primero eres hija de Dios(adoptada, amada, aceptada por los méritos de Cristo, no por los tuyos). Esta es tu identidad eterna e inalterable. La base
Luego eres esposa(compañera, ayuda idónea, reflejo del amor de Cristo por la iglesia).
Luego eres madre(mayordoma de las almas que Dios te ha confiado).
Luego eres educadora(una extensión de tu llamado materno).

Cuando este orden se invierte, la educación se convierte en tu identidad. Y cuando eso sucede, cualquier dificultad en ese ámbito es una crisis existencial.

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Ejemplos bíblicos que nos ayudan

Marta (Lucas 10:38-42): estaba haciendo algo bueno: servir. Pero su servicio la había absorbido tanto que se olvidó de lo principal. Jesús no desprecia su trabajo, pero la invita a ordenar sus prioridades: «María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.» Marta servía desde su propia fuerza; María primero se sentó a los pies de Jesús, y desde ahí, todo lo demás tendría sentido.

Jetro ve a Moisés agotado, juzgando al pueblo desde la mañana hasta la noche, y le dice: «No está bien lo que haces. Desfallecerás del todo, tú y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo» (Éxodo 18:17-18). Jetro le aconseja delegar y establecer límites. Moisés, el hombre de Dios, el líder elegido, necesitaba escuchar esto. No era falta de fe; era sabiduría práctica que Dios usó para preservar a su siervo.

Jesús mismo (Marcos 6:31-32): en medio de un ministerio abrumador, con multitudes presionando por todos lados, Jesús apartaba tiempo para retirarse con sus discípulos y descansar. Si el Hijo de Dios, siendo Dios, necesitaba descansar, ¿cuánto más nosotras?

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El equilibrio: negarse a uno mismo no es descuidarse

Jesús llama a sus discípulos a negarse a sí mismos (Mateo 16:24). Pero esta negación no significa ignorar las necesidades que Dios mismo puso en nosotros. Significa renunciar a nuestros deseos egoístas y a nuestro derecho de gobernarnos a nosotros mismos, para vivir bajo el señorío de Cristo.

«Negarse a uno mismo es vivir bajo el señorío de Cristo, pero esto incluye reconocer que somos mayordomos de nuestro cuerpo y mente, y debemos cuidarlos para servirle mejor»

Pastor Sugel Michelén, citado en la predicación «La derrota del pleito a la victoria de la gracia»

En otras palabras:

Negarse a uno mismo NO es

descuidar la salud física hasta enfermar, ignorar la necesidad de descanso, suprimir toda emoción o necesidad personal, o creer que pedir ayuda es falta de fe.

Negarse a uno mismo SÍ es

poner los intereses de otros antes que los tuyos cuando es necesario, someter tus planes a la voluntad de Dios, aceptar que no eres indispensable (porque Dios es quien sostiene todo), y servir desde la libertad, no desde la culpa.

Ya vimos de dónde viene esta confusión y qué dice la Palabra sobre nuestra identidad. Ahora, lo práctico: cómo vivir esto en el día a día. (Continúa en la Parte 2: Estrategias prácticas y preguntas para el corazón)

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Parte 2: estrategias prácticas y preguntas para el corazón

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