Crianza bíblica y emocional Parte 1 de 2

El susurro del enemigo: historia de una familia

Una historia ficticia — pero lo que sucede en ella es muy real.

Por Gabriela Mamá homeschool desde hace casi una década, psicóloga de profesión · Relato · 4 min de lectura

No necesitas saber mi nombre.

Solo debes saber que soy paciente.

Encontré a esta familia hace años. Creían en Dios, leían la Biblia, iban a la iglesia los domingos y entre semana.

Sí, los padres eran de esos que decían cosas como "Cristo es el centro de nuestro hogar". Perfecto. Ahí empieza mi trabajo. Los observo y de vez en cuando influyo un poco.

Primero no quité lo bueno. Solo les mostré lo urgente.

La madre, cansada, empezó a vivir por tareas y rutinas.

Despertar, desayuno, homeschool, lavar ropa, corregir cuadernos, limpiar, cocinar, ordenar.

Día tras día. Sin pausas. Sin mirar a los ojos a sus hijos.

"Lo estás haciendo bien", le susurré. "Estás sacrificándote por ellos."

Mientras tanto, el corazón de sus hijos se volvía invisible para ella.

Dejaron de contarle lo que pensaban.

Ella no tuvo tiempo para preguntar.

Y el padre… mmmm…

Él también es creyente.

Pero estaba tan inmerso en sus pensamientos, sus pendientes, sus cargas laborales… que empezó a vivir desconectado del cielo.

Su relación con Dios se volvió superficial.

Sus oraciones, escasas.

Su corazón, adormecido.

Así, me fue fácil.

Lo hice proveedor, pero no pastor.

Lo mantuve ocupado… pero sin visión.

Estaba presente solo para corregir, reprender, imponer límites.

Pero ausente a la hora de discipular, de escuchar, de orar junto a su esposa e hijos.

No era malo. Solo estaba distraído.

Y en ese descuido, yo me metí.

Los hijos empezaron a ver a su padre como un juez, no como un guía.

Y su esposa… bueno, ella dejó de sentirse acompañada en la batalla espiritual.

Cargaba con todo. Y yo lo sabía.

Luego vino el cansancio.

La madre, al borde del colapso, se enojaba con facilidad.

Sus hijos desobedecían. Ella gritaba.

Y cuando uno de ellos lloraba con rabia, ella decía:

"¿Por qué eres así?"

Y yo susurraba:

"Porque se parece a ti."

Ella no lo notó al principio, pero su irritación era un espejo.

Los pecados que más le molestaban en sus hijos…

eran los reflejos de los suyos.

Y así pasaban los días.

Los niños crecían.

Seguían "aprendiendo", seguían "avanzando". Pero ya no había espacio para conversaciones profundas.

Para escuchar sus corazones.

Para enseñarles a ver su pecado y correr a la cruz.

Para mostrarles que su valor no viene de "creer en sí mismos"…

sino de ser redimidos por Jesús.

También sembré otra mentira: la del autoestima. Esta mentira es una obra maestra. La sembré incluso dentro de las mismas iglesias, y hoy está circulando en todos lados… Estoy muy orgulloso de eso.

Les hice pensar que la meta era "sentirse bien consigo mismos", todo centrado en ellos y su humanidad, y ¡ni cuenta se dan! Incluso los distrae de arrepentirse y correr a Cristo, porque piensan que pueden resolver todo solos.

Les ayudé a afirmarse en su orgullo, en lugar de quebrantarse delante de Dios.

Ah, y casi lo olvido.

Hice que pensaran que "el problema está afuera".

"Son las amistades", decía uno.

"Es la televisión", decía el otro. Pero en los mejores momentos, los padres se culpaban mutuamente. ¡Cómo me entretenían esas discusiones!

Pero yo sabía la verdad.

El descuido empieza adentro.

En un corazón que deja de velar.

En padres que creen que con buena intención basta… que ya habrá tiempo mañana…

mientras yo les duermo el alma, aunque debo confesar que generalmente me lo hacen muy fácil, ya que no tengo que hacer casi nada para que pequen — solo los distraigo un poco. Jaja. Creen que están muy firmes…

Pero hubo un día. La madre estaba extraña, inmersa en sus pensamientos, angustiada, preocupada… hasta que se detuvo.

No porque yo quise, claro. Traté de distraerla, de tentarla, pero no pude. Nada funcionó.

Algo, o mejor dicho, Alguien la despertó.

Lloró.

Oró.

Pidió perdón.

No todo cambió de la noche a la mañana, pero en ese hogar… en ese hogar ya no pude hacer mucho. Así que preferí alejarme. Veré en un tiempo más cómo están, porque yo, el enemigo, no descanso.

Esta es una historia ficticia… pero lo que sucede en ella es muy real.

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