Crianza bíblica y emocional Los deberes de los padres · 1 de 2

Disciplina en los padres: la base para educar con constancia

Reflexión sobre «Los deberes de los padres», de J. C. Ryle.

Por Gabriela Mamá homeschool desde hace casi una década, psicóloga de profesión · 9 min de lectura

La fuente

En este post estaré compartiendo el primero de varios puntos para reflexionar, basado en el libro Los deberes de los padres, de John Charles Ryle (1816-1900), pastor y escritor.

El pastor Ryle menciona algo sumamente importante con lo cual quiero comenzar este post: la naturaleza pecaminosa es muy fuerte, pelea siempre con las cosas de Dios, pero también sabemos que nada es imposible para la gracia. Nada es más fuerte que ella. Por otro lado, después de estas dos cosas, lo más fuerte es la educación.

«Enseña al niño el camino en que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él.»

Proverbios 22:6

Los hábitos que desarrollamos, o la ausencia de ellos, moldean gran parte de nuestra vida, si no toda. Nuestro carácter toma forma en los primeros años, influenciado profundamente por las costumbres y enseñanzas que recibimos. Es en estos pequeños actos diarios donde la disciplina comienza a echar raíces. Erradicar un mal hábito es una tarea difícil; requiere un gran esfuerzo y una disciplina constante a lo largo de un periodo prolongado (vemos esa diferencia cultural, por ejemplo, entre los latinos y los asiáticos, donde la constancia y la disciplina son valores centrales).

Debemos tener presente, con una convicción profunda, que como madres tenemos una gran influencia en la vida de nuestros hijos. Si tomamos un momento para reflexionar sobre nuestro propio carácter, seguramente nos daremos cuenta de cuántos hábitos, buenos o malos, hemos heredado de nuestros padres. Esto mismo ocurre con nuestros hijos. ¿Qué cosas nos gustaría que ellos aprendieran de nosotros y cuáles preferiríamos que no repitieran? Nuestros hijos, como esponjas, absorben mucho de lo que ven y escuchan: nuestros gustos, prejuicios, palabras, modales y hasta nuestras formas de pensar.

Es aquí donde la educación cobra tanta importancia. Dios nos ha dado esta preciosa oportunidad de guiarles, no solo con palabras, sino con el ejemplo. Reflexionemos sobre qué aspectos debemos entregar a Dios y en qué áreas necesitamos ser más disciplinadas. Primero, para honrar a Dios, y segundo, porque sabemos que todo lo que hacemos impacta profundamente en el corazón de nuestros hijos.

Una marca por día. Al principio no se ve nada; al final, el hábito ya está.

Una de las mayores luchas que enfrentamos como cristianos es nuestra falta de disciplina para mantener una vida constante de oración. Sin duda, gran parte de esta dificultad proviene de nuestra naturaleza caída, ya que nuestro cuerpo no redimido siempre está en conflicto con las cosas espirituales, tal como nos enseña el apóstol Pablo en las Escrituras. Sin embargo, también podemos observar que aquellas personas que han sido educadas desde pequeñas en el hábito de la oración encuentran más natural perseverar en ella. La oración se convierte en parte de su carácter, una costumbre profundamente arraigada que los acompaña a lo largo de la vida.

Como padres, este principio nos desafía a hacer todos los esfuerzos necesarios para que nuestros hijos caminen con Dios. Aunque no podemos garantizar que serán salvos, ya que solo Dios puede obrar el verdadero amor en sus corazones —como dice la Escritura, el nuevo nacimiento no es por voluntad del hombre, sino de Dios (Juan 1:12-13)—, nuestro éxito en esta tarea se define en nuestra obediencia. Estamos llamados a instruirlos en el camino, y para lograrlo, la disciplina en nuestra enseñanza y ejemplo es fundamental. Al mostrarles una vida constante de oración y responsabilidad, les damos las herramientas para desarrollar una fe sólida y un carácter firme.

La disciplina es un tema importante en nuestro país, y su ausencia se refleja no solo aquí, sino en toda Latinoamérica. Según lo que he investigado y en mi propio autoanálisis, la dificultad que tenemos para ser disciplinados se debe a varios factores. Uno de ellos es la falta de paciencia; muchas veces queremos todo de inmediato y olvidamos que Dios tiene Su propio tiempo. Él no está apurado. En el mundo actual, con el deseo de consumo rápido de información y resultados inmediatos, hemos debilitado nuestra capacidad de concentración y constancia. Al no ver resultados rápidos, nos desanimamos, dejamos de perseverar, y a menudo desistimos. Recordemos que si deseamos que nuestros hijos alcancen sus metas y terminen sus proyectos, la siguiente frase es interesante de analizar: «la disciplina, tarde o temprano, vencerá a la inteligencia».

Falta de paciencia

Queremos todo de inmediato y olvidamos que Dios tiene Su propio tiempo. Él no está apurado.

Consumo rápido

El deseo de información y resultados inmediatos ha debilitado nuestra concentración y constancia.

Desánimo

Al no ver resultados rápidos dejamos de perseverar, y a menudo desistimos.

Los tres factores están tomados del párrafo de arriba, en los términos en que Gabriela los describe.

Es importante trabajar este aspecto con Dios si sentimos que nos falta. Debemos confiar en Su soberanía, no preocuparnos por el día de mañana, depositar nuestra confianza en Él y perseverar. Dios no solo quiere que caminemos en Él, sino que seamos pacientes en ese caminar, sabiendo que cada paso firme es un avance hacia donde Él nos quiere llevar.

Como padres, somos los principales modelos de disciplina para nuestros hijos. Es difícil que ellos aprendan a ser disciplinados y a generar hábitos si nosotros, como padres, damos el ejemplo contrario. Personalmente, puedo dar fe de que Dios nos da gracia sobre gracia. Él nos anima a pedir sabiduría cuando carecemos de ella para cumplir con nuestras responsabilidades. Nos impulsa a vencer nuestra carne, nuestro desánimo, y renueva nuestras fuerzas cada día. Y es a través de este ejemplo que nuestros hijos aprenderán lo que significa vivir una vida disciplinada.

Queridas mamás, animémonos a recordar la hermosa tarea que Dios nos ha encomendado: discipular a nuestros hijos. Educar en casa es un gran desafío, no solo porque exige que dominemos nuestro carácter, sino también porque nos invita a ser disciplinadas en todo lo que enseñamos. Es a través de nuestro ejemplo que ellos aprenderán los valores y hábitos que formarán su carácter al crecer. En este sentido, Proverbios nos exhorta a enseñarles el camino de la sabiduría. Es uno de los mejores consejos sobre la crianza, aunque también es importante recordar que no es una garantía de que todos los niños seguirán ese camino. La clave está en la constancia y en enseñar también la humildad. La humildad abre el corazón a la sabiduría, y permite que nuestros hijos aprendan a tomar decisiones entre el camino de la sabiduría y el de la necedad, como el libro de Proverbios nos enseña.

Quisiera compartir algo que he estado pensando últimamente. A muchas personas les cuesta confiar en Dios, descansar en Él sin entender el porqué de las situaciones. A menudo, esto se debe a que no tuvieron la experiencia de confiar en la palabra de sus padres. Es imperativo recordarnos de forma regular que seamos una figura confiable para nuestros hijos, para que ellos puedan tener la seguridad de que, aunque no siempre les expliquemos todo, papá y mamá los aman y desean lo mejor para ellos. Si logramos que confíen en nosotros, estarán mejor preparados para confiar en Dios cuando sean mayores. El pastor Ryle escribe lo siguiente:

«Sin duda es absurdo hacer de todo un misterio, y hay muchas cosas que son buenas explicar a los niños a fin de que puedan ver que son razonables y sabias. Pero criarlos con la idea de que no deben aceptar nada por fe, que ellos, que con su comprensión débil e imperfecta, deben recibir una clarificación del porqué de todo en cada paso que toman, esto es ciertamente un error, y probablemente tenga un mal efecto sobre su mente… Mientras tanto, si usted dice que algo es correcto, debe ser suficiente para ellos, para enseñarles así lo que es la fe. Ya llegará el día en que comprendan el porqué de cada instrucción.»

J. C. Ryle, «Los deberes de los padres»

Es aquí donde cobra tanta relevancia nuestra constancia y disciplina como madres. Esto no significa que no vayamos a fallar, porque lo haremos. Pero nuestros hijos también deben aprender de nuestros errores y ver que cuando los cometemos, acudimos a nuestro Padre Celestial. Cuando nos equivoquemos, podemos enseñarles la humildad de reconocer que no tenemos todas las respuestas y que, al igual que ellos, necesitamos a Jesús para fortalecernos. Lo mismo aplica en el estudio de las distintas materias. Si como mamás no sabemos algo, no pasa nada. Podemos investigarlo juntos, y así no solo aprenderán la humildad, sino también a gestionar su propio aprendizaje.

Al final del día, lo más importante es recordar que no estamos solas en esta tarea. Dios nos ha llamado a discipular a nuestros hijos, y también nos da la gracia y la fuerza para hacerlo. No se trata de ser perfectas, sino de ser fieles y constantes, confiando en que Él guiará nuestros pasos y los de nuestros hijos. Aunque los resultados no siempre sean visibles de inmediato, cada pequeño esfuerzo cuenta.

Así que, cuando te sientas abrumada o insegura, recuerda que Dios te ha equipado para este desafío. Nuestro éxito no está en lograr que todo salga perfecto, sino en obedecer y hacer lo que Él nos ha mandado. Dios se encargará del resto.

Sigamos adelante con confianza, sabiendo que cada oración, cada lección, cada momento que dedicamos a guiar a nuestros hijos es una semilla plantada. Aunque el crecimiento dependa de Dios, nuestro esfuerzo tiene un valor eterno. ¡Ánimo! Estamos cumpliendo con una labor hermosa de acuerdo al diseño y rol que Dios nos dio. Gabriela

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